Día XX o sólo otro día

En general está todo bien. La vida va mejor de lo que los pájaros podrían pensar que se viene esta primavera. No digo que haya olvido o qué todo esté superado. De eso solo pueden hablar las rocas. Acá mientras tanto, las cosas tan solo marchan bien, mejor de lo pensado, y como tal, es más que suficiente. Es lo suficientemente bueno como para avanzar tranquilo, como para reírse fuerte, como para tener la oportunidad de sonreír todos los días. Pero, sin engañarse, eso no significa que no existas. Y a final de cuentas, como ya lo han dicho mil veces la estrellas en el tiempo que llevan brillando allá arriba, justamente es aquello lo que hace que todo avance o se detenga, que aún eres la medida de mucho, que aún eres el ritmo del sonsonete y que aunque los dos puntos estén distanciados por distancias que solo los viajeros pueden conocer, la verdad es que siguen estando, aunque no están juntos, aunque no han podido darse el espacio de estar un minuto compartiendo unas palabras, como quien comparte un pan, sin dolor, sin pena, sin rabia. Compartiendo en el amor, el amor que hubo, hay y siempre habrá.

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Día 35

A veces pienso que esto va a pasarme mil veces antes de poder despedirme de ti. La pena y la rabia son sentimientos que viven en casas que quedan muy cerca y se encuentran más de una vez a la semana, cuando van a comprar pan o cuando van llegando del trabajo.

Cada cierto tiempo me vienen a ver a mí también, cada quien por su cuenta o, más bien casi siempre, las dos juntas. Yo suelo decirle a la rabia que ella viene sólo porque el patriarcado le enseñó que como soy hombre tengo que sentir más rabia que pena y que no puede ser menos ella.

La cuestión es que vienen y me pillan acá. Ahora escribiendo en mi blog, muchas veces queriendo escribirte. En estos últimos días, he intentado vehementemente no escribirte. Me ha rondado esa idea global de que tengo que borrarte de cada espacio que pueda para saber sacarme la pena que me dejaste. Me duele saberte presente siquiera en esos mil grupos de WhatsApp que compartimos, me duele que Instagram siga dejándome tus historias primero, me duele que aquella vida virtual siga teniéndote acá al lado mío, cuando la verdad es otra.

Aún así, hay millones de cosas que me quedan por decirte. Y en estas visitas de la pena y la rabia, me nace todo lo verborreíco que soy por esencia. Me ha sido difícil llevar estos últimos días sin escribirte, ni decirte nada. Soy muy malo guardándome cuanto me duele lo que me pasa y soy peor aún guardándote eso a ti.

La pena me dice que ya no te corresponde oírlo y la rabia me dice que ya no te interesa saber qué es de mí. No suelen ser las mejores consejeras esas dos, pero no soy bueno sacándolas de mi casa. Por ahora, me he afirmado en la idea de aguantarme y escribirte todo lo que tengo que decir. Pienso en juntarlo todo en papeles. Se me hace la idea de escribirlo todo en una última carta que te envíe y me permita despedirme para siempre de ti.

Porque eso quiero ahora, despedirme de ti. No tener que sufrir por seguirte teniendo como parte de mi no-existencia. Porque, aunque yo sé perfectamente que no es lo que hablamos, sé también el punzante dolor que implica hablar y no poder hablar, hablarte y que te hagas la dura, que tomes distancia, que me batalles y no me consueles.

Por suerte suele vivir conmigo la razón y ella siempre logra dar con puntos certeros. Me dice que no es tu culpa, me aclara plenamente las causas de tus actos. Y lo entiendo. Juro con el alma abierta de par en par, que lo entiendo. Pero la pena y la rabia siguen aquí. Están sentadas en el sillón, al costado de mi cama, rondando la cocina. Y si bien siempre me ha partido el cuerpo en dos el sentirte como que no eres mi pareja, lo que siempre me ha dolido más es no sentirte mi compañera. Y eso, eso mismo, es lo que se me aparece en la cara cada vez que hablo contigo, cada vez que me apareces en Instagram, cada vez que te cuelas en mi blog, cada vez que escuchas los audios que mando para gente que no eres tú.

Está bien. Sigue con tu vida. Por favor, hazlo. Sigue con tu vida. Pero no me pidas seguir siendo parte de la mía.

De esta forma, no.

Día 18

Hoy me ha pasado que he querido escribirte mil veces, caleta. En la buena onda incluso. Para mostrarte un artista que sé que te encantaría, para contarte una hueá del colegio, para comentar la pega nueva o simplemente para saber cómo estabas. Pero nada. Sé que no tengo que hacerlo. Porque escribirte y leerte haciendo como que todo está bien solo me destruye más al tiempo de que me da esperanzas para algo que sinceramente no tiene más que polvo. Porque cenizas habrían en otras historias, pero a estas alturas, de polvo no más estamos hablando.

Por ahora, luchar conmigo. Porque aunque me cueste, lo primero tiene que ser volver a quererme y dejar pasar el tiempo en silencio.

Día 14

Tengo miedo. Tengo pena. Y lo peor es que no creo lograr sacármelo de dentro. Lo único cierto es la incertidumbre de lo que se viene después. La incertidumbre de saber que las cosas no van a terminar como uno quiere que terminen. Y entonces, el silencio, el miedo, la pena y ese vacío.

Tiempo, tiempo

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El tiempo nunca se detiene. Es una sentencia de la vida y la existencia. Si bien muchas veces queremos salir del mundo, detener la máquina y frenamos el ritmo, la verdad es que el tiempo sigue corriendo. Lo seres humanos terminamos siendo seres ficcionales de las ficciones que nosotros mismos nos escribimos. Y claro, aunque el tiempo es relativo, desde la narración hasta Einstein, es cierto también que no por eso deja de ser rotundo.

Como profesor de física me doy el derecho de decirlo: la relatividad dice que el tiempo de contrae y se dilata, pero no por eso se detiene. Es complejo entender eso del tiempo, pero tomando en sencillo, el juego es reconocer que aunque creamos que va parando, la verdad es que nunca lo hace. La vida no se trate de un viaje en moto por una larga carretera donde puedes frenar y estacionarte un rato. Es más, no habría “rato” si el tiempo no siguiera corriendo originalmente. Sigue leyendo

Un viaje análogo

En mi cumpleaños pasado, mi roomie me regaló una cámara fotográfica desechable. Explico por si alguien más que yo nunca había tenido una, básicamente era una cámara muy básica para sacar un royo de fotos análogas y luego tirarla. La vi, traté de confirmar lo que creía que era y estallé en emoción.

A los pocos días de mi cumpleaños me iba de viaje a Chile. No había estado en Chile desde los primeros días de enero y realmente, volver al lugar donde había hecho casi toda mi vida me tenía vuelto loco. Más que todo, volver a ver a mi gente. Así, con la cámara en mano al momento de sacarla del envoltorio, al primer momento, decidí que la ocuparía para inmortalizar el viaje. Me encantaba la idea de que fuera, no sólo una cámara desechable, sino que mi cámara de viaje. Sigue leyendo

Rincones con alma

Cuando en noviembre del año pasado, me fui dar mi primer vuelta por Santiago, luego de haberme ido a vivir al extranjero, me di cuenta de lo poderosos que son los rincones en los que uno ha hecho su vida. Así, de las muchas tomas que hice, antes de que acabará el año, hice este video y ahora, cada vez que extraño un poco mi tierra, lo veo y me siento más cerca de todo.